Entre el cauce y el asfalto: EL DESAFÍO DE LAS QUEBRADAS URBANAS EN TUMBES




 Por: Luis A. Boyer Rasco

En Tumbes, el agua no solo recorre ríos: también desciende por quebradas que, en temporada de lluvias, pueden activarse con fuerza impredecible. Esta región del norte peruano, caracterizada por un clima tropical con precipitaciones intensas concentradas en los meses de verano, es particularmente vulnerable a inundaciones, sobre todo en su zona urbana, asentada en una llanura baja propensa a desbordes.

Los antecedentes no son menores. Solo en 2025, las lluvias intensas incrementaron el caudal de los ríos Tumbes y Zarumilla, provocando inundaciones que afectaron viviendas, infraestructura de transporte y servicios básicos en distintos distritos. A ello se suma que el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (SENAMHI) ha advertido reiteradamente que estos eventos pueden alcanzar niveles críticos, incluso de alerta roja, con caudales superiores a los 1,300 m³/s.

Fuente: INDECI


Sin embargo, el riesgo no se limita a los grandes ríos. Según la Autoridad Nacional del Agua (ANA), existen múltiples poblaciones asentadas en quebradas activas, lo que incrementa su exposición frente a lluvias intensas. En estos espacios, el agua desciende con sedimentos, arrastra materiales y desborda con facilidad, especialmente cuando su cauce ha sido alterado o reducido.

Es en este contexto donde las quebradas urbanas —como la que conecta el AA.HH. 24 de Junio con Las Malvinas y la quebrada Pedregal— dejan de ser accidentes geográficos para convertirse en zonas críticas. La ocupación informal, la presión por vivienda y la presencia de infraestructura clave han configurado territorios frágiles, donde la naturaleza y la ciudad compiten por el mismo espacio.

 

CUANDO EL CAUCE DESAPARECE

En sectores como la quebrada de la 12 y la quebrada 24 de Junio, el curso natural del agua ha sido progresivamente alterado hasta casi desaparecer. Lo que antes funcionaba como drenaje pluvial hoy está invadido por viviendas, rellenos informales y estructuras improvisadas que reducen su capacidad hidráulica. Esta intervención no solo modifica el comportamiento del flujo, sino que incrementa el riesgo de desbordes en temporadas de lluvias intensas.

El problema trasciende lo físico: al estrechar o bloquear el cauce, se genera una presión acumulada que, ante eventos extremos, termina liberándose hacia las zonas habitadas. Así, las quebradas dejan de ser aliadas del territorio para convertirse en focos de desastre latente.

 


VIVIR SOBRE EL RIESGO

La presencia de asentamientos humanos responde a una necesidad urgente de vivienda, pero también evidencia la ausencia de planificación urbana efectiva. Familias enteras han construido sus hogares en espacios que, por su propia naturaleza, no son aptos para habitar. Se trata de poblaciones en condiciones de alta vulnerabilidad, expuestas a inundaciones, colapsos estructurales y pérdida de bienes.

Esta ocupación no regulada es resultado de un crecimiento urbano desordenado, donde el control del uso del suelo ha sido insuficiente y las quebradas han sido percibidas como terrenos disponibles, ignorando su función ecológica. La precariedad de las viviendas y la falta de servicios básicos agravan el escenario, configurando un problema que trasciende lo ambiental y se instala en lo social.

 


ENTRE LA DESCONEXIÓN INSTITUCIONAL Y EL RIESGO ANUNCIADO

La situación también evidencia debilidades institucionales. La limitada fiscalización, junto con el escaso uso de herramientas técnicas para la gestión territorial, ha permitido la ocupación de estas zonas sin una evaluación adecuada del riesgo. No se observa una intervención articulada que integre planificación, prevención y control.

A ello se suma un factor crítico: la deficiente comunicación del riesgo. La falta de información clara y accesible ha impedido que los habitantes comprendan la magnitud de su exposición, reduciendo su capacidad de anticipación y respuesta. En este contexto, el riesgo no solo es físico, sino también informativo. El resultado es un territorio donde el desastre deja de ser una posibilidad lejana y se convierte en una amenaza constante.

Frente a esta problemática, la respuesta del Estado ha sido fragmentada y, en muchos casos, tardía. Si bien el Perú cuenta con lineamientos claros en gestión del riesgo de desastres —impulsados por el Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI) y el Centro Nacional de Estimación, Prevención y Reducción del Riesgo de Desastres (CENEPRED)—, su implementación a nivel local no se ha traducido en acciones sostenidas.

En Tumbes, las intervenciones se han concentrado principalmente en la atención de emergencias y la rehabilitación posterior a eventos climáticos, más que en la prevención. La inversión en obras estructurales, como encauzamientos o sistemas de drenaje urbano, resulta insuficiente frente a la magnitud del problema.

Asimismo, la limitada articulación entre los gobiernos locales y las entidades técnicas ha generado vacíos en la planificación. La falta de proyectos de mitigación a largo plazo y el control débil sobre zonas de alto riesgo evidencian una brecha entre la normativa y su aplicación.

En este escenario, la prevención no ha logrado posicionarse como prioridad. Las quebradas continúan siendo ocupadas por la informalidad antes que intervenidas mediante políticas públicas efectivas.

El resultado es claro: un Estado que interviene, pero no anticipa; que invierte, pero no transforma. Y un riesgo que, lejos de reducirse, se acumula.

 


COMUNICACIÓN CLAVE

Las quebradas de Tumbes no solo evidencian un problema de ocupación urbana o de gestión territorial; revelan una falla más profunda: la incapacidad de traducir el riesgo en conocimiento socialmente útil.

Mientras la población no comprenda plenamente el peligro que habita, las decisiones seguirán guiadas por la necesidad inmediata y no por la prevención. En ese vacío, la comunicación deja de ser un accesorio y se convierte en una herramienta estratégica. Informar ya no es suficiente: es necesario explicar, persuadir y movilizar.

En Tumbes, el desafío no es solo recuperar el cauce de las quebradas, sino reconstruir el vínculo entre la ciudad y su territorio. Solo entonces el agua volverá a su lugar… y la vida también.








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